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De Viaje
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Año V. /

 

Parque Nacional de la Serrania de la Macarena (Colombia)

Eran las primeras vacaciones después de concluir mi primer semestre como estudiante de medicina.

Dentro del currículo de ciencias básicas había escogido en el área de sociales un curso de antropología, el cual debía desarrollarse durante dos períodos académicos consecutivos.

Como parte final de la materia debíamos conformar un grupo para realizar durante la primera semana de las vacaciones un viaje para estudiar el territorio habitado por alguna de esas culturas indígenas tan abundantes en nuestra América.

Después de muchos análisis y del apoyo de Francisco nuestro Tutor de grupo, habíamos decidido viajar al Parque Nacional de la Serranía de La Macarena en los Llanos Orientales de Colombia.

Sabíamos que allí había existido una cultura aborigen muy rica en petroglifos, ahora totalmente extinta como fruto del salvajismo del hombre occidental que los colonizó. Según la leyenda se efectuaban eventos similares a la caza del zorro, con perros de presa y armas de fuego, pero en lugar del astuto y avieso cuadrúpedo, perseguían y daban muerte a uno o varios de éstos raizales pues los consideraban simples animales bípedos, carentes del alma humana.

Nuestro grupo se reunió a las siete de la mañana en el aeropuerto de El Dorado de la ciudad de Bogotá y a eso de las siete y media de la mañana abordamos un Boeing 727-200 de la aerolínea Avianca, el cual nos llevó a la ciudad de Villavicencio después de un agradable y tranquilo vuelo de treinta minutos. Allí Francisco, Adriana, Alejandro, Diego, María Teresa, Xiomara y yo trasbordamos a un viejo DC-3, único medio para llegar hasta la pequeña población de La Macarena.

La aeronave por dentro no tenía más que unas bancas de madera colocadas a lo largo del fuselaje a manera de las utilizadas para el transporte de tropas de paracaidistas. En el medio y a lo largo de la parte central de la cabina se amontonaban toda clase de suministros encargados por los pocos habitantes de La Macarena: canecas conteniendo gasoil, bultos de arroz, papas, algunas hortalizas de tierra fría, harina de trigo, clavos, tejas de zinc, machetes, palas, etc. Con el fin de evitar que éste sinfín de alimentos, herramientas y sustancias se desperdigase por todo el avión lesionando a los pasajeros, se ataban fuertemente con redes de gruesas reatas verdes y descoloridas de las que se usan en los aviones militares de transporte de carga.

Después de una hora de soportar el ensordecedor ruido de los viejos motores de pistón del DC-3, la incomodidad de las bancas y la mezcla de olores proveniente de la carga, aterrizamos en una corta y rizada pista de tierra apisonada en medio de las casas de La Macarena, pequeña población conformada por cerca de 150 familias de colonos, un pequeño grupo de comerciantes que proveían los servicios básicos de la población, un cura, una maestra, un joven médico y una simpática odontóloga, ambos en cumplimiento de su año de servicio social obligatorio. Francisco por intermedio de la Universidad había contactado al Burgomaestre, éste salió a recibirnos muy gentilmente y nos condujo len el campero de la Alcaldía a una modesta pero limpia y ordenada pensión poniéndose a nuestra disposición para que pudiésemos adelantar adecuadamente la investigación. En la posada nos hospedaron, a los cuatro hombres en una habitación en camas tipo camarote y a nuestras compañeras de universidad en una habitación contigua en camas individuales.

Después de dar un corto paseo por las calles del poblado fuimos a cenar y luego a dormir pues el cansancio del viaje y tener que salir al día siguiente de madrugada nos obligaban a ello. A eso de las cinco de la mañana la esposa del posadero nos despertó con una humeante y deliciosa taza de aromático y suave café colombiano y nos animó a ver la salida del sol. Realmente era fabuloso ver como aquel enorme disco dorado iba asomando por encima de las montañas tiñendo las nubes de toda la gama de rojos, naranjas y granates, mientras infinidad de pájaros de todos los colores saludaban con sus trinos melodiosos la llegada de un nuevo día.

Desayunamos con un cremoso chocolate, cultivado y procesado allí mismo, hervido en leche recién ordeñada y comimos pan de maíz de la huerta, con tortilla de huevos acabados de poner por las gallinas que cacareaban cerca de la cocina de la posada adobados con picadillo de tomates y cebollas igualmente recién cosechados.

Empacamos nuestras mochilas con todo lo necesario para subsistir durante una semana en medio de aquellos solitarios y agrestes parajes. El señor Alcalde puso a nuestra disposición una pequeña chalupa movida por un motor fuera de borda y un guía llamado Jesús Maria al cual todo el mundo le decía cariñosamente “Chucho”, contaba con un amplio conocimiento del parque y del manejo de la embarcación en los rápidos del río Guayabero. Luego de navegar por espacio de media hora llegamos a un lugar al que los lugareños llaman la Ciudad de Piedra. Es un afloramiento rocoso natural causado por la conjunción de presiones y enormes temperaturas ocurridas aproximadamente 1.500 millones de años atrás en el interior de la corteza terrestre. Sobre la margen izquierda del río a causa de ello, se ven infinidad de bloques enormes de piedra semejantes a fichas de dominó apiladas unas sobre otras formando lo que aparenta ser una ciudad amurallada con sus torres, torretas, almenares y portalones.

Chucho fue capoteando los rápidos mientras nos contaba amenas historias de su vida y de la región, de pronto se dirigió a la margen derecha diciéndonos que pusiéramos mucha atención a las rocas de ese lado, no tardamos en avistar enormes rocas sobre las cuales se veían figuras antropomorfas y de animales, algunas de las cuales recordaban las que uno observa en los monumentos funerarios egipcios. Hábilmente nuestro chalupero atracó nuestra embarcación junto a una de ellas y pudimos apearnos a contemplar ésta maravilla. Las figuras están en bajorrelieve y lo más asombroso es que no presentan señales de cincel o instrumento alguno que se usase para excavarlas en las rocas, sus bordes son nítidos y ligeramente redondeados dando la impresión de haber sido fundidos sobre la roca misma. Algunas de las figuras antropomorfas presentan una proporción anatómica diferente, especialmente en la cabeza, la cual es representada con frente muy amplia y redondeada, reduciéndose gradualmente hasta un mentón puntiagudo, semejando una pera invertida, cuello delgado y largo, caja torácica amplia y alargada, pelvis estrecha, brazos largos, cuyos dedos casi tocan las rodillas y piernas cortas, pero la gran mayoría presentan características físicas propias del ser humano.

Desembarcamos más adelante en un playón del río, aseguramos y ocultamos el bote, tomamos nuestros morrales y nos internamos en la espesura de la selva tropical caminando en fila india con nuestro guía a la cabeza, no sin antes comernos un poco de sal que nos dio Chucho para evitar la perdida de electrolitos durante las horas que caminaríamos bajo la tupida bóveda vegetal.

Sudorosos y cansados llegamos al lugar en el cual se encuentran las pinturas rupestres atribuidas a los indígenas Churoya, Tinigua, Tamigua y Guayabero que habitaron la Sierra de la Macarena.

En bello color sepia se observan escenas de la vida, la caza y la pesca de una cultura indígena que realizaba todas sus actividades en completo estado de desnudez. Levantamos nuestro campamento, nos colocamos nuestros bañadores y nadamos un buen rato en un salto de fresca agua cristalina, preparamos la cena y nos quedamos alrededor de la hoguera analizando todas las maravillas que habíamos observado, luego nos recogimos en nuestras hamacas, no sin antes asignar los turnos de guardia y alimentar el fuego para evitar la cercanía de cualquier animal salvaje. El bullicio del despertar en medio de la selva es sobrecogedor, engrandece nuestro espíritu y estimula todos y cada uno de nuestros sentidos. Luego de desayunar y bañarnos, recogimos nuestro campamento y emprendimos el viaje hacia el paraje llamado Caño Cristales. Llegamos a eso de las dos de la tarde y vimos sus aguas de una transparencia inimaginable, pues no arrastra ningún tipo de sedimento, por ello no posee tampoco peces viviendo en su interior. Su lecho formado por inmensas rocas es casi impermeable y crecen en él millones de pequeñísimas algas que reflejan en las cristalinas aguas sus colores, por lo que recibe también el nombre de “río de los siete colores”. Ensimismados por la belleza y animados por el cansancio sentimos al unísono un irrefrenable deseo de sumergirnos en esas impolutas aguas de colores. De inmediato dije a mis compañeros de viaje que pensaba era un sacrilegio contaminar tal naturalidad con un bañador de poliéster por lo que me desnudé por completo y me sumergí en el agua. Francisco Alejandro y Diego se quitaron la camisa, los tenis y los jeans, esperando la reacción de nuestras compañeras. Xiomara con quien había algunas veces compartido mis experiencias naturistas, no lo pensó mucho y despojándose de toda su ropa se lanzó al agua. María Teresa y Adriana viendo la naturalidad de quienes estábamos en el agua, dijeron simplemente: ¿Qué esperan muchachos?, desnudándose y arrojándose al agua en un santiamén por lo que Francisco y Diego arrojaron sus pantaloncillos y las siguieron. Nuestro guía Chucho hizo lo propio pues desde niño estaba acostumbrado a la desnudez. Fue para todos tan magnífica la sensación de paz, libertad e integración con la naturaleza que experimentamos, que permanecimos todo el tiempo restante explorando, estudiando y haciendo todas nuestras actividades desnudos, como lo hacía aquella ancestral cultura que plasmo su natural estilo de vida sobre las rocas de la Sierra de la Macarena.

LQSomos. Lucas Restrepo. Octubre 2007