|
La Calle
|
| Año V. / | |||||
|
Dedicado a todos los jovenes que apenas comienzan a caminar la vida cuando un secuestro extorsivo, cuando una bala del gatillo fácil, cuando un 11-M, cuando una muerte temprana los derriba. Nos duele a todos. Estas sentidas palabras nacieron del corazón de una docente argentina, Clemencia González Silveyra, y las queremos compartir con todos los que nos visitan. Estoy llorando Estoy llorando. Un eco sordo se arremolina dentro de mi caja. Exprimo los ojos, los pies. Esparzo mi sal bendiciendo a aquellos que se dejan. Estoy llorando la marea asesina. Invoco a los sufrientes. Cerca lejos. Sin distinción de tiempo ni espacio. Elijo empujar la vergüenza fuera de la escena. Llorar dando alaridos a la vista de todos. Gritar. Que repudio la condición de ser súbdita de este reino. Animal. Lloro litros. De miedo. El que nace de sentir el olor al hambre de las fieras. El que me susurra la vida como un coto de caza. Estoy llorando. Por ellas, por ellos, por mí. Por los verdugos que degüellan los deseos. Por la deformidad que vende. Que es axioma. Pasatiempo espectáculo circo. Romano. En ocasiones me pierdo. Me desplazo por ahí como un autómata . Reconstruyo el mapa del regreso a casa con los muertos que provocaron mi última desorientación. Los rozo a la distancia imaginando que los calmo con mis dedos. Y mi boca se abre. Tanto. Los músculos del cuello se tensan como ramas dentro del encierro. Expulsan mi mandíbula afuera de la cara desesperadas por avanzar. Me convierto en espectro por lo que dura el trance. Vuelvo. Los testigos miran. La turbación censuradora de sus gestos me invita a fingir un bostezo. Los engaño si quiero. Pero el grito. Queda allí acurrucado bajo el alero. Aguarda en silencio. Que la lluvia de la pena cese alguna vez. Estoyllorandollorandollorandollorando. Pero aún así camino. Empapada entre otros ríos. Ejerciendo el indigno arte de sobrevivir disuelta en el líquido que supura la vida.
Soy un diluvio de sal. Sin orillas. Sal. Que quiebra gota a gota una tajo en mi voz. Clemencia, por favor Clemencia González Silveyra |