La Calle |
| Año V. / | |||||
Visita al Pardo Con motivo de un viaje a Madrid el pasado mes de noviembre tuve ocasión de hacer una escapada al Palacio de El Pardo, última morada en vida del general Franco, quien lo habitó con su familia desde octubre de 1939 hasta su deceso en 1975. Ya todos, o casi todos, sabemos como administró este individuo (que pareciera escapado de la obra de Bram Stocker) la finca patria que, mientras escribo este artículo, aún llamamos España. Y cuando hago alusión al temido Conde no lo hago gratuitamente: cómo explicarse si no que hoy, 32 años después de fallecido el hombre que convirtió en tinieblas y lugar oscuro el país de las claridades, el país de la luz, de las generosas cosechas de manzanas flores y naranjas, aún hoy tengamos que leer en la prensa que, por poner un ejemplo, en la isla de Tenerife (donde tuvo sus orígenes el día de la bestia y donde se da mayor número de monumentos y de placas franquistas de todo el país) la mitad de la población se opone al desmantelamiento de tales símbolos, por no hablar aquí de la domesticidad de una clase sindical y política que parece que a lo único que aspiraba, tras la muerte de la Dictadura, era a un saneado sueldo de funcionarios y que ha llevado al hastío y a la pasividad a una clase obrera con una dilatada tradición de lucha y actividad obreras. Evidentemente, no es exagerado afirmar aquí que este país fue parcialmente vampirizado por quién durante décadas secuestró sus libertades y domesticó sus conciencias hasta reducirnos a meros productores, un término tan del gusto de los jerarcas del régimen. Paseo por este despacho en silencio, limpio ahora de aquellas montañas de documentos del pasado, definitivamente huérfano de su inquilino, aquel que, al decir de sus hagiógrafos, era el último español en apagar la luz de su despacho para velar por el bienestar de los españoles y por todo Occidente, para que la hidra marxista no penetrase de nuevo en la finca patria; ya definitivamente apagada la pantalla de la sala de proyección y del primer televisor que iluminó las oscuras vidas de aquellos españoles que no habían aún logrado escapar del cepo patrio hacia la emigración, como definitivamente silente permanece el teclado de la máquina de escribir con la que se defenestraba a ministros y directores generales, a catedráticos montaraces, Quizás lo que en aquel despacho del viejo General más impone es el silencio instalado entre aquellos viejos muebles y bajo aquellos muros, en otra hora impenetrables para aquellos que buscaban acabar con la espada más acrisolada de la Cristiandad. Atrás, entre hermosos tapices, realizados algunos a partir de cartones del genial sordo de Fuendetodos, entre lujosas lámparas y frescos de afamados pintores, van quedando los ecos de los himnos patrióticos de las grandes concentraciones de sus incondicionales ante el Palacio de Oriente, cuando los gobiernos, que no comprendían el peligro que les acechaba ante la inminente invasión de las hordas del marxismo asiático, retiraban momentáneamente a sus embajadores para regresar años después y disculparse por la ausencia. Atrás quedan los viejos y fieles aliados y los abrazos en Hendaya y Bordiguera con Hitler y Mussolini, el Pacto Ibérico con Portugal, las masivas peregrinaciones marianas a Covadonga para rogar a la Virgen que velase para que Pelayo no envainara jamás su espada en defensa de España; el negro automóvil blindado (regalo del Führer) que avanzaba suntuoso y formidable por las amplias avenidas de aquellas ciudades reconquistadas para el Sagrado Corazón de Jesús. Cuesta reconocer en este palacio la atalaya donde se asomaba Aquel a quién nada se le escapaba, Aquel que tenía la potestad de oír crecer la hierba por las noches aún en el lugar más apartado de sus dominios, El que era puntualmente informado de los pasos de cualquier caminante que, extraviado, penetrase en sus tierras, aquel lugar cuyo nombre en la antigüedad las gentes más sencillas solo se atrevían a pronunciar en voz baja, y siempre para bien, por si los servicios de inteligencia, siempre atentos, pudieran oír una palabra desafecta al régimen; sin permiso de El o de sus ejércitos de espías nadie abandonaba estas tierras sin peligro de caer en las redes de la temida Guardia Civil. Nada o muy poco se escapaba a su control, pues incluso tiempo hubo en el que no se recogía una espiga sin que esta fuera antes supervisada por el Servicio Nacional del Trigo. Podría decirse que, sin el permiso del Señor de las Batallas, El Señor de las Cosechas, El que era fielmente informado de lo que se leía y de lo que se comía, el tamaño del cabello de sus súbditos y hasta la longitud de las sayas de las mujeres; sin su aprobación, no descendían en su suave caída las hojas de los árboles en otoño ni bendecía los campos la necesaria lluvia del invierno. Decreto a decreto convirtió sus tierras en un lugar fuera del planeta, y si alguien quería expresar un pensamiento ajeno al Fuero de los Españoles o contar un chiste sobre Él o sus instituciones, más le valiera hacerlo en el vientre de una mina o en la soledad de un cementerio, pues nada escapaba a sus agudos oídos ni a sus ojos. Hasta la lejana Francia se prolongaron sus invisibles tentáculos para perseguir a sus enemigos del pasado, que buena memoria para los números y buen pulso si que tuvo hasta el final de sus días para administrar, el trigo de sus tierras y el hierro que aplico a sus eternos rivales, que fueron numerosos los que se le escaparon cuando, apuntando el alba de aquel día de julio de hace setentaiún años en que su pasión cinegética le llevó a emprender la mayor cacería de que tengan memoria estas tierras, trazó con su flamígera espada una raya en la tierra que marcaba el límite de sus posesiones y juró sobre el brazo incorrupto de Santa Teresa que España, mientras Él viviera, no volvería a ser tierra de promisión para el liberalismo y otras pendejadas. Me alejo con la convicción de que, aunque desaparecido el inquilino de esta mansión, el peso de su sombra permanecerá aún largos años en las conciencias de una parte importante de este pueblo que se niega a enterrarlo, y que cree que su irrupción en la historia de España fue providencial. Permanecerá por largos años para ejemplo de lo que puede ocurrirnos si nos excedemos en soñar, si nos empeñamos en borrarle definitivamente de nuestra memoria y del paisaje de nuestras vidas y de nuestro horizonte. Porque en tanto una sola institución impuesta por el viejo General en vida de éste, como la Monarquía, permanezca, no habremos liquidado el franquismo en este país; en tanto ese mausoleo del Valle de los Caídos no adquiera el carácter democrático que desde el pueblo llano se exige, no habremos expulsado al último demonio del jardín de nuestra infancia. En tanto una sola decisión que mandó al paredón o a la cárcel en su día a un hombre o una mujer, en nombre de aquellas leyes surgidas del nefasto alzamiento fascista de 1936, no sea revocada condenada y puesta al margen de las leyes de este país, es más que manifiesto que aún vivimos bajo la tutela del ejército y de las leyes surgidas de la mano de los golpistas de entonces. En tanto aquella República cuajada de virtudes y de defectos no sea restablecida, no seremos dignos de que nos sean restituidos los restos mortales de aquel viejo poeta antifascista y republicano que fue a sembrar sus huesos al otro lado de la frontera y que nos dejó tan bellos como contundentes versos: Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, LQSomos. Ángel Escarpa Sanz. Diciembre de 2007. Islas Canarias |