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La Calle
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| Año V. / | |||||
| La unidad política de la clase obrera Mientras existan las clases y la lucha entre ellas, cada clase social precisa de un instrumento político e ideológico propio para defender sus intereses, sea cual sea la situación por la que atraviese la sociedad. Siendo esa necesidad común a burgueses y proletarios, no se manifiesta de la misma manera para unos y otros. Así, en las sociedades como España, en la que la fuerza dominante es la burguesía monopolista, ésta última tiene un único objetivo fundamental: mantener su poder a todo precio, haciendo el mínimo posible de concesiones, según las circunstancias, a otras fuerzas sociales. Por otra parte, la burguesía monopolista sabe que una parte decisiva del personal de las instituciones del Estado le será fiel hasta el fin de su dominio o hasta que este se aproxime visiblemente, por origen de clase, por intereses económicos, por simple prejuicio ideológico, por miedo, o por todas esas razones a la vez. De ahí que el partido, para la burguesía monopolista, sea mucho más un instrumentó de influencia social, de hegemonía sobre otras capas de la población, que una organización de poder de clase. No se puede esperar a que el PSOE cambie Algunos afirman que, al no haber hoy una situación explosiva en España, la ampliación de la democracia, la defensa de las condiciones de vida de los trabajadores y otras tareas del momento no exigen contar con una política específicamente proletaria: "El PSOE puede garantizar buena parte de esas tareas y, en todo caso, están ahí los sindicatos para despertarlo si se duerme en sus laureles". Esta opinión no concuerda con la realidad. Si bien es cierto que el PSOE ha defendido distintas posiciones a lo largo de su historia, en estos momentos la política del gobierno socialista no responde a las demandas de nuestra clase, no favorece la unidad de los trabajadores, ni tampoco da un trato adecuado a otras fuerzas populares. Para que progresen la organización y la unidad de acción de los trabajadores, es absolutamente imprescindible que los marxistas recuperen su anterior influencia. Para ampliar la democracia, la clase obrera, la más numerosa y la más interesada en el desarrollo de las libertades, debe recuperar peso político. Para mantener y desarrollar los derechos de las nacionalidades minoritarias es preciso una política distinta a la imperante en el gobierno. Con el fin de no alargar más esta lista, pongamos un último ejemplo: hace 35 ó 40 años se dio un importante acercamiento entre la clase obrera y el sector más avanzado de los intelectuales, lo cual fue posible, entre otros factores, por la denodada actividad de las fuerzas proletarias. Como consecuencia, las ideas revolucionarias prosperaron en los movimientos culturales de la época. ¿Quién se atrevería a afirmar que, con la hegemonía de los socialistas, vuelven a prosperar las ideas revolucionarias? Hay que luchar para cambiar esta situación, y hay que hacerlo tomando otro rumbo que el que sigue la actual dirección socialista. Estrechar filas en la acción política y sindical En primer lugar, es preciso dar respuesta a los problemas más acuciantes del pueblo, apoyándose en todo lo que hay de consciente, activo y organizado en nuestra clase, por más disperso y limitado que sea, para que ésta vuelva a adquirir confianza en sus propias fuerzas y esté en condiciones de recuperar paulatinamente la iniciativa. O sea, hay que propiciar la unidad de acción, por más momentánea que sea, con todos los partidos, colectivos y organizaciones de base obrera en cuestiones tanto políticas como sociales, tanto en las instituciones como en la calle. Esta colaboración entre fuerzas obreras puede llegar a incluir a menudo a partidos y movimientos representativos de otras clases en la lucha contra los reaccionarios, por la defensa y extensión de las libertades, contra las medidas gubernamentales que perjudiquen al pueblo, o por la paz mundial. Defender el marxismo Aquí tropezamos con varias dificultades. El marxismo ha sufrido un momentáneo retroceso en España. Por un lado, el PSOE redujo sus principios a casi nada, aunque muchos de sus militantes sigan identificados con la herencia de Marx. Por otro, los comunistas pierden en 1976 la dirección del cambio democrático; se cometen equivocaciones graves en una situación cada vez más adversa y, como consecuencia, nos encontramos hoy con unas fuerzas marxistas debilitadas y divididas y con un fuerte avance del individualismo burgués y de varias concepciones no proletarias. Pero la defensa del marxismo no se refiere únicamente a la lucha contra las ideas descaradamente reaccionarias con que tratan de convencer a la gente de que el capitalismo monopolista, ya sea en España o los Estados unidos, es el mejor de los mundos posibles, sino también a la necesidad de ir desarraigando aquellos disparates, bautizados como marxistas, que más daño están haciendo a nuestra clase y que en realidad sirven a nuestros adversarios. Así, tenemos una primera fuente de disparates en aquella tendencia que proclama la separación del marxismo de la práctica del movimiento obrero, que reduce, por tanto, el marxismo a un simple "ideal" que mueve voluntades o los corazones, o bien, a una visión de la sociedad basada en la economía. Tal es el marxismo desfigurado que hoy priva en el PSOE y que goza de un cierto predicamento debido a la pérdida por la clase obrera de la dirección del cambio democrático después de la muerte de Franco. Otra corriente, con puntos de contacto con la anterior y que ha hecho estragos tanto en el PCE como en las organizaciones marxistas-leninistas, se ha caracterizado por diluir el papel de la clase obrera como fuerza revolucionaria principal en España. Un segundo principio clave en nuestros días es el de la independencia de los marxistas de cada país y la necesidad de elaborar de manera autónoma su propia línea política. Toda revolución triunfante en un país ha sido obra de su pueblo; y para alcanzar la victoria, los marxistas han tenido que encontrar lo peculiar de la lucha de clases en aquel país, lo que no puede estar escrito en las leyes generales del marxismo por eso mismo, porque son generales. En los años 20 y 30, la Tercera Internacional no dirigió ninguna revolución -y no podía hacerlo- por ser un organismo centralizado en donde el grupo dirigente desconocía las particularidades de cada país. La experiencia mundial nos indica que el internacionalismo exige el total respeto a la independencia del proletariado y de las fuerzas revolucionarias de cada país y la puesta en pie de relaciones basadas en la igualdad, la no intromisión en los asuntos internos, el apoyo mutuo y el aprendizaje recíproco. Cuando en nombre del internacionalismo se ha propiciado el derecho de agresión, vasallaje o injerencia sobre otros países, movimientos o partidos revolucionarios, se ha estado defendiendo intereses ajenos a los del proletariado y el socialismo. Sólo aplicando estos principios, las fuerzas marxistas españolas pueden hoy en día dar pasos hacia la unidad política, porque, en caso contrario, serían utilizadas directa o indirectamente por la propia burguesía. Cinco puntos que resumen estas posiciones Desde los años 30 hasta hoy, hemos conocido tres situaciones muy distintas de la lucha de clases en España, acompañadas de importantes cambios en la estructura económica y social. Basándonos en nuestra propia experiencia, por más que sea relativamente corta en el tiempo, y en la de las otras fuerzas comunistas, creemos que los trabajadores y el resto del pueblo, en estos 70 años, han avanzado siempre que los marxistas hemos aplicado, entre otros, los siguientes principios: - Poner nuestro empeño en sumar el máximo de fuerzas sociales ante cada batalla política y, en general, esforzarnos por encontrar los intereses coincidentes a corto y largo plazo entre los trabajadores de la ciudad y el campo y la mediana burguesía enfrentada a la enorme concentración del poder económico y político que se ha producido en España desde los años 30. - Tener en cuenta, pues, los intereses legítimos de nuestros aliados, siempre que no se opongan frontalmente a los del conjunto del pueblo. - Adoptar métodos democráticos y no coactivos para superar los conflictos que surgen entre los trabajadores o entre las diferentes fuerzas progresistas, y defender este mismo principio en nuestra concepción del socialismo. - Actuar decididamente para conquistar los objetivos comunes a todo el pueblo en cada situación, y apoyarnos en la mayor capacidad de lucha que posee la clase obrera para contrarrestar las tendencias a la claudicación que surgen en momentos decisivos de los enfrentamientos políticos. LQSomos. Ferran Fullà. Diciembre de 2007 |